No tenía un plan de negocios. Tenía una idea, un par de pesos y mucha noche.
Lo primero que vendí se lo vendí a tres conocidos, medio por compromiso. Pero algo pasó: volvieron a comprar. Y ahí entendí que no estaba pidiendo un favor, estaba ofreciendo algo que servía.
El cambio más grande no fue el producto. Fue dejar de pedir permiso para existir.


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